Inkera de Ricardo Ramos: La Vainilla que Nace Entre los Ríos y la Selva del Chocó

 En el Pacífico colombiano, el agua no es solo parte del paisaje. Los ríos atraviesan la selva, conectan comunidades y acompañan una memoria construida durante generaciones alrededor de la tierra, la lluvia y el bosque. En ese territorio húmedo y exuberante crece una planta de apariencia discreta que, cuando florece, guarda entre sus frutos uno de los aromas más apreciados del mundo: la vainilla.


Vainilla de Colombia - Foto cortesía de Ricardo Ramos 

Orquídeas de vainilla del Chocó ( Colombia )


Durante mucho tiempo, pensar en la vainilla significaba mirar hacia México, Tahití, Madagascar o las grandes regiones productoras que han construido la historia comercial de esta materia prima. Sin embargo, las selvas del Pacífico colombiano están revelando una riqueza propia. En apenas quince años de investigación, científicos y comunidades han identificado nueve especies silvestres de vainilla entre Guapi, en el Cauca, y Bahía Solano, en el Chocó. Entre ellas se encuentra Vanilla planifolia, la especie más cultivada y apreciada para la producción de vainilla natural, y más recientemente Vanilla pacifica, documentada en Bahía Solano.

Plantaciones de vainilla del Chocó. Foto cortesía de Ricardo Ramos 

Ricardo Ramos visitando las plantaciones de vainilla a través de los ríos del Chocó

El descubrimiento tiene una dimensión que va mucho más allá de la botánica. Estas plantas crecen vinculadas al bosque y pueden integrarse en sistemas agroforestales donde necesitan árboles que les sirvan de soporte. Su aprovechamiento no depende de monocultivos intensivos ni del uso de pesticidas o fertilizantes químicos, y eso abre la posibilidad de convertirlas en una alternativa productiva compatible con la conservación del ecosistema.

En Bahía Solano, comunidades afrodescendientes han participado activamente en la localización, seguimiento y aprovechamiento de estas especies. Proyectos como Vainilla Aroma Chocó han unido conocimientos científicos y saberes del territorio para convertir este recurso natural en una oportunidad de desarrollo con identidad propia.

La vainilla deja entonces de ser solamente una materia prima.

Se convierte en memoria, paisaje y futuro.

Y es precisamente desde ese territorio de selva, agua y biodiversidad donde empieza la historia de Inkera.

Ilustración de Magola Moreno ( Colombia )

Ricardo Ramos: perfumería de autor con raíces colombianas

Detrás de Inkera se encuentra Ricardo Ramos, creador de perfumería de autor y fundador de uno de los acontecimientos internacionales más importantes de la perfumería artística en España, GranadAroma.

Con esta creación, su interés por las materias primas vinculadas a Colombia adquiere una dimensión especialmente personal. El nombre Inkera significa “vainilla” en la lengua de las comunidades indígenas emberá y resume perfectamente la intención del proyecto: acercar al mundo de la perfumería la historia de la vainilla colombiana y, al mismo tiempo, mostrar el potencial olfativo de otras materias nacidas en el Pacífico.


Ricardo Ramos 

La creación continúa además una línea de investigación que Ricardo Ramos ya había presentado en el Barcelona Perfumery Congress 2025, con la ponencia “Colombia, nuevo centro mundial de producción de vainilla”.

Inkera nace, por tanto, de una materia prima concreta, pero también de una voluntad muy clara: contar una parte de Colombia a través del perfume.

Inkera: una vainilla que habla desde el Pacífico

Inkera Extrait de Parfum es presentado como el primer perfume elaborado con vainilla colombiana, cosechada en la región del Chocó. Única por su perfil olfativo verde, mineral y acuoso, acentuada por matices profundos, amaderados y animales.

Pero la composición no se construye alrededor de la vainilla como un simple acorde dulce. Ricardo Ramos la rodea de materias que pertenecen al mismo universo geográfico y cultural, entre ellas dos ingredientes especialmente singulares: el Viche y el Pipilongo (nunca usado en perfumería ).

El resultado se aleja deliberadamente de la imagen habitual de una vainilla cremosa y golosa.

Aquí la vainilla tiene otro paisaje alrededor.


Vainilla del Chocó

Una salida verde, cítrica y licorosa

La fragancia comienza con un acorde de licor de Viche, acompañado por naranja amarga, hierbabuena y hoja de canela.

El Viche merece una atención especial. Este destilado artesanal tradicional de las comunidades del Pacífico colombiano se elabora a partir de jugo de caña de azúcar verde fermentado y posee una identidad aromática muy particular. En Inkera aporta matices verdes y selváticos, una dulzura que recuerda a la miel de caña y una ligera sensación mineral y marina.

No se siente como una nota alcohólica convencional.

Tiene algo vivo.

Algo vegetal.

Como si la caña fermentada hubiera conservado parte del paisaje del que procede.

La naranja amarga añade luminosidad y un ligero contraste cítrico, mientras la hierbabuena refresca la salida y la hoja de canela introduce una calidez especiada todavía contenida.

Es una apertura vibrante, húmeda y ligeramente licorosa que deja claro desde el principio que Inkera no va a seguir el camino habitual de una fragancia de vainilla.


La vainilla colombiana entra en escena

El corazón coloca a la protagonista en el centro: vainilla colombiana.

Pero el perfume evita convertirla en una materia dulce y previsible. A su alrededor aparecen Pipilongo colombiano, rosa turca, azahar y un acorde de cannabis.

El Pipilongo (Piper tuberculatum) es otra de las grandes sorpresas de la composición. Un ingrediente que nunca se había usado en perfumería, y que debuta con Ricardo Ramos. Esta pimienta larga ancestral, originaria del Pacífico colombiano, aporta una faceta chispeante que puede recordar ligeramente al petitgrain, pero acompañada por una profundidad más amaderada y una calidez especiada, vibrante y picante.


Ricardo Ramos en Spicarium deleitándose con el aroma del Pipilongo

Su efecto sobre la vainilla es fascinante.

La hace vibrar.

Le quita cualquier sensación de dulzor fácil.

La rosa turca introduce elegancia y textura, mientras el azahar aporta una luminosidad floral que mantiene el corazón abierto y respirable. El acorde de cannabis añade una dimensión verde y aromática que introduce un pequeño matiz de extrañeza y profundidad.

La vainilla, rodeada de estos ingredientes, parece más compleja y más adulta.

Menos postre.

Más materia prima.

Un fondo de madera, resina y mineralidad

En el fondo encontramos iris de la Toscana, bálsamo de Tolú, sándalo de Caledonia, cedro del Atlas, acorde mineral y acorde de almizcle.

El bálsamo de Tolú suaviza la composición con su carácter balsámico, mientras el sándalo aporta una textura cremosa y envolvente. El cedro del Atlas introduce estructura y una dimensión más seca que ayuda a contener la dulzura de la vainilla.

El iris añade un matiz elegante y ligeramente empolvado, mientras el acorde mineral introduce una faceta más fría y seca que contrasta con el calor del corazón.

El perfume se vuelve entonces más sereno.

La vainilla continúa presente, pero ya no domina de forma evidente. Se encuentra integrada entre madera, resina, piel y una sensación mineral que le da profundidad.

He tenido la oportunidad de probar prácticamente todos los perfumes de Ricardo Ramos, y debo decir que Inkera me ha sorprendido especialmente. Hay algo en esta composición que consigue reunir muchas de las señas de identidad de su trabajo y, al mismo tiempo, llevarlas hacia un lugar diferente.

La vainilla colombiana está muy presente, pero no se convierte en el típico perfume dulce que podríamos esperar de una creación construida alrededor de esta materia. El Viche aporta una salida verde, húmeda y ligeramente licorosa; el Pipilongo introduce ese matiz especiado y vibrante que mantiene la fragancia despierta, mientras las flores y las maderas van dando forma a una composición rica, pero nunca complicada de llevar.

Después de conocer su colección, para mí Inkera está entre sus creaciones más logradas. Incluso me atrevo a decir que es una auténtica obra maestra.

Y hay otra cosa que me gusta especialmente: no es un perfume que necesite una estación concreta. Lo encuentro completamente unisex y muy fácil de llevar durante todo el año. En días cálidos muestra una faceta más luminosa y verde; con temperaturas más frescas, la vainilla y las maderas adquieren mayor profundidad.

En cuanto al rendimiento, también me ha impresionado. En mi piel alcanza aproximadamente las 16 horas de duración, con una proyección excelente que mantiene el perfume presente durante muchas horas sin resultar agobiante.

Precisamente por eso me parece una de esas creaciones que merece ser descubierta con calma.

Inkera tiene algo que hace que quieras volver a acercarte a la piel y olerla una y otra vez.

Lo más interesante de Inkera es precisamente la manera en que interpreta la vainilla.

No la convierte en un simple perfume dulce ni necesita esconderla bajo una construcción excesivamente compleja. La deja respirar y la rodea de materias que aportan contraste, movimiento y profundidad.

Inkera, una historia que todavía se está escribiendo


La historia de la vainilla colombiana todavía no está terminada. Continúa desarrollándose entre los bosques del Chocó, en las parcelas de las comunidades, en los proyectos de investigación y en el trabajo de quienes buscan convertir un recurso natural en una alternativa de desarrollo capaz de convivir con el ecosistema que lo produce.

Inkera toma una parte de esa historia y la lleva a la piel.

No como un souvenir aromático de Colombia, sino como una creación de perfumería de autor donde la materia prima, el territorio y la cultura encuentran un lenguaje común.

Porque detrás de una vainilla también existe un bosque.

Detrás de ese bosque, una comunidad.

Y detrás de esa comunidad, una historia que todavía está empezando a escribirse.

Inkera Extrait de Parfum convierte esa historia en una experiencia olfativa donde la vainilla colombiana comparte protagonismo con el Viche y el Pipilongo, dos materias que aportan a la composición una personalidad profundamente ligada a Colombia.

Inkera lleva a la piel una vainilla nacida entre la selva y los ríos del Chocó, acompañada por el Viche y el Pipilongo: un perfume donde Colombia no solo inspira, sino que respira.

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